“Te doy mi palabra” es un acto de entrega,
de amor, de confianza, es más que una expresión de deseo, es un compromiso de
vida, es un acto de fe. Porque cuando todo perdió valor, la palabra puede rescatarnos.
Uno no se da cuenta de todo lo que tiene
para decir hasta que empieza a decirlo. Las palabras están ahí, atrapadas en tu
cabeza, quieren salir, quieren ser dichas, quieren ser gritadas.
Hacemos enormes esfuerzos para no necesitar
de nadie, para no necesitar de una mirada para existir.
Cuando querés que alguien te mire no
importa ninguna otra mirada, vos querés esa mirada y ninguna más.
Cuando no hay amor aparece la obsesión,
para aturdirnos, para hacernos creer que sentimos algo cuando en realidad no
sentimos nada, porque estamos vacíos, vacíos de amor.
Dar una mano a alguien es mucho más que
hacer un favor. No es dedicar unos minutos que te sobran o prestar una remera
que no usas, es dar una parte tuya, es darte vos.
Es muy fácil confundir amor con obsesión,
pero no son lo mismo. El amor esta en todo el cuerpo, la obsesión solo está en
tu cabeza.
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